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ATISBOS DE VERDAD

Por José Luis Villar

 

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Mirando hacia el horizonte, hacia ese final que se puede presentar en cualquier momento y que nos recuerda siempre lo que somos y que algún día partiremos. Mirando ese futuro incierto, todas las dudas se nos plantean, sin otro remedio que aferrarnos a esa percepción que siempre hemos sentido, esa percepción que nos dice que no estamos solos, que existe algo más; esa percepción que siempre se ha captado, en todos los lugares, en todas las culturas, en todas las civilizaciones, y que se ha sentido hasta en los rincones más perdidos del mundo, en los espíritus de los hombres.


Todos la hemos intuido, de una u otra manera, le hemos dado una explicación, le hemos dado un nombre, a través de una religión, de una filosofía, de un sistema de pensamiento, proclamándola en cada lugar de un modo diferente y entendiéndola según una costumbre. Esa intuición de que no estamos solos en el universo es en lo que nos apoyamos para enfrentarnos al miedo, a la hora de afrontar ese destino tan desconocido.


Porque vivimos en el mundo de la oscuridad, de la incertidumbre, caminando perdidos y desconectados. Vivimos en un mundo de engaño, repleto de dudas; en un lugar plagado de inconexiones, donde todo parece estar separado; en una tierra de desconocimiento, sin entender, y faltos aún de muchas respuestas.


Pero existen atisbos de verdad, momentos de lucidez, de expansión, de encuentro, de plenitud…, momentos que después son olvidados por la memoria y enterrados en el tiempo, pero que dejan impresa su fragancia como un perfume en nuestro espíritu, un perfume que ya siempre reconoceremos. Son momentos de los que nos negamos a separarnos, que nos cuesta abandonar, pero que irremediablemente, tarde o temprano, se quedan atrás en el camino, disipándose como una niebla al amanecer.


Y son estos instantes los que nos empujan a buscar, los que nos alientan a encontrar, a sentir otras preciadas experiencias, otros momentos de lucidez, de plenitud, pero ahora se presentan en otro tiempo, en otra ocasión, de otro modo, indicándonos un nueva forma de entender, una nueva ruta a seguir y que, a veces, pueden suponer una corriente contraria a la anterior, pero eso es sólo una impresión de nuestra mente, porque son estos dilemas los que nos conducen a la verdad, sólo reconocible y entendible por nuestro yo más profundo.


Porque la verdad se halla tras la necesidad, tras la inquietud, tras el anhelo, tras la duda, tras el dilema y, tras el deseo de reencontrarla.


Porque ya siempre querremos volver allí, a ese lugar que hemos vislumbrado, a ese estado que hemos presentido; porque existe un anhelo, el recuerdo de un mundo casi olvidado, pero añorado en nuestros sueños, intuido en lo más profundo de nuestro ser; un mundo donde sólo existía la felicidad…, donde éramos conscientes de que no existe separación, un mundo que estaba compuesto por un único ser, que es el todo y que nos comprende a todos, donde no había barreras y donde no se conocía el miedo… y allí es donde regresaremos.

 
 
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