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MIRAR DE FRENTE LA CARA DEL MONO

(O EL DOMINIO DE LA MENTE)

Por José Luis Villar

 

Positivamente revista imagen
 
 

El mono nos rodea, da vueltas a nuestro alrededor,

nos hace reír, y, en cuanto nos confiamos y le damos

la espalda, nos ataca. Es necesario siempre mirar

de frente la cara del mono.

El Círculo de Hierro


  En nuestro interior existe una poderosa aliada pero que, llegado el momento, se convierte en enemiga, a no ser que sea dominada. Gobernarla no es nada fácil, pues la mente produce en nosotros el deseo, el temor y el odio. Crea el ego y hasta la misma personalidad, haciendo que nos identifiquemos con ella, valiéndose del pensamiento para conseguirlo. Esa es la principal arma de la mente: la facultad que cada uno tiene de pensar. Pues, a través de ella, nos manipula y nos dirige hacia su medio, que es el del caos y la pérdida de la dirección, el del pensamiento aleatorio y descontrolado.


  Es necesario tener presente que la mente es un instrumento que se encuentra programado a través de la educación y de los años que llevamos aquí. Estamos conectando con todo lo que nos rodea y nos influye, como puede ser la familia, las amistades, la televisión, nuestra propia experiencia, los desengaños y frustraciones, el ambiente de nuestro entorno más cercano, la sociedad en que vivimos, etc.


  Y es que la mente se ha convertido en algo que no controlamos, de la que no somos dueños, que nos manipula o, lo que es lo mismo, por la que nos dejamos llevar, hecho que seguirá sucediendo mientras no nos percatemos de ello.


  Su poder es tan alto que casi todos los seres se sienten completamente identificados con ella, considerando que sus deseos, temores, rencores, odios y emociones son parte de ellos mismos. De este modo se afirma: “es que yo soy así”. Pero esa idea en realidad es un artilugio de defensa de la mente para que ni siquiera podamos pensar en separarla por un momento de nosotros mismo, para evitar tomar consciencia de que los pensamientos que nos asaltan poco tienen que ver con el verdadero ser que en realidad somos.


  Para empezar a conocer a la mente hay que analizarla por un momento, observarla, ver su funcionamiento, atender a los pensamientos que pasan por ella, pero sin dejarse llevar por ninguno. Intentar calmarla, frenarla, poco a poco, de una única forma: no pensando. Para ello es necesario fijar la atención en un punto o en una acción, prestando atención sólo a ese algo que hemos seleccionado. Entonces, sólo entonces, empezaremos a ver cómo se defiende, cómo retoma el control, utilizando pensamientos e imágenes, demostrando su fuerza, su habilidad para ganar, para escapar y surgir por otro lado, siempre por donde menos esperamos, siempre para captar de nuevo nuestra atención.


  Lucha y se escabulle con el fin de que nos dejemos arrastrar por ese sentimiento o por esa imagen que nos pone como cebo y que sabe que nos interesa. Y, cuanto más atentos estemos y más consigamos fijar ese único pensamiento, más se revolverá y peleará por su control, con más fuerza intentará persuadirnos, ya que su costumbre es la de dominar siempre, dominar y dirigir el curso de nuestros pensamientos. Este es el principio básico de toda meditación.


  Hasta que de pronto, de repente, todo se calma. Todo se tranquiliza y nos inundamos de una gran paz, de una quietud desconocida hasta este momento. Ya no hay deseo ni temor alguno, no existe ningún sentimiento o pensamiento, excepto una gran sensación de calma, de serenidad. Y nos llena un profundo gozo que no proviene de la mente, sino del verdadero yo, de otro lugar de nuestro interior que no estábamos acostumbrados a visitar, ni a sentir o a escuchar. Desde ahí comenzamos a entender algo nuevo: que nosotros no éramos sólo eso, no éramos ese oleaje constante, ese titubeo, esa duda y ese caos que dirigía nuestra mente.


  Entonces podemos percibir que abarcamos más, que hay mucho más ahí dentro que desconocíamos. Y comenzamos a oír una voz que nos dice: “tranquilo, ¿dónde vas?, ¿hacia dónde caminas?, ¿por qué vas tan rápido?, ¿por qué quieres o crees que necesitas todo eso?, la felicidad no está ahí afuera, está aquí, conmigo”. Es cuando empezamos a descubrir una nueva enseñanza y a un nuevo ser que se encuentra más atrás y más adentro; un ser que observa, que es más auténtico e imperecedero, que no es otro más que nuestro yo verdadero.


  Es cuando apreciamos con claridad que no somos todo aquello que creíamos ser, que todo era una fachada, un teatro, un montaje de la mente, un velo con el que nos tenía aislados, en oscuridad, sin ver la luz, siendo otra puerta que debíamos descubrir, que debíamos abrir…, un conocimiento como premio a la búsqueda.


  Por eso la mente cumplía, y muy bien, su función. Sólo es un instrumento, una herramienta nada más que, de estar de nuestra parte, se convierte en nuestra más valiosa aliada, ayudándonos a una mayor evolución del ser pero, hasta entonces, sólo es la cara del mono.




 
 
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