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LA ACTITUD ANTE LA MUERTE EN OCCIDENTE

Por Jordi Gil Baquero

 

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Desde hace un tercio de siglo asistimos a una brutal revolución en cuanto a los sentimientos y emociones tradicionales: tan brutal que ha dejado de asombrar a los observadores sociales. La muerte, antaño tan presente por ser familiar, comienza a esfumarse ahora hasta desaparecer. Se ha convertido en algo vergonzoso que es causa de interdicto (Ariès, 1982).


Estamos ante una actitud vergonzante, de ocultación, de silencio; estas características son propias de los tabúes. Geoffrey Gorer (1955), en su artículo “The pornography of Death” cuenta como la muerte llega a ser el mayor interdicto del mundo moderno. Cuanto más atenuaba la sociedad victoriana las represiones sobre el sexo, más impugnaba lo referente a la muerte. Al mismo tiempo que la prohibición, aparece la transgresión: en la literatura maldita, resurge la mezcla de erotismo y muerte, perseguida del siglo XVI al XVII, mientras que en la vida cotidiana se instaura de nuevo la muerte violenta. (P. Ariès, 1982).


Tal vez la persecución de la felicidad inmediata en la sociedad contemporánea; el deber moral y la obligación de contribuir al “bienestar colectivo”, evitando hablar sobre temas que causen aflicción o enojo, poniendo siempre buena cara, contribuyó a dejar en la sombra ciertos temas como la muerte. Dice Ariès, que parecería que esa sociedad con una mentalidad instaurada en un estado emocional perpetuo positivo, naciera en Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Sin embargo el autor ve cierta semejanza con la manera de ser con Francia en  el siglo de las luces. Freud, en su artículo de “guerra y muerte” (1915), marca el contraste entre la actitud convencional hacia la muerte: implica el convencimiento de que vamos a morir, y el comportamiento que se expresa como “la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida”.


La idea de la muerte, según Morín (1974), es un concepto sin contenido, vacío, es lo impensable, lo inexplicable. Bauman (2007), en su ensayo el “Miedo líquido”, explica que la ilustración, alumbró un mundo de supersticiones, donde los temores producto de la ignorancia, habrían de desaparecer gracias a la Razón y la Ciencia. Pero, dice el autor, ha ocurrido justo lo contrario. Vivimos en un estado de amenaza irracional permanente. El miedo es capaz de adoptar las formas más diversas. En su capítulo “el terror a la muerte”, a través de un ejemplo televisivo como “el gran hermano”.  En este programa los miembros más débiles son condenados y expulsados de una casa. Bauman explica así el vínculo entre el hombre y la muerte.El castigo y la recompensa pasan a ser la norma. El contenido de estas narraciones nos lleva a suponer que los “golpes en la vida” son algo aleatorio y no siempre tienen una explicación detrás. Los hombres poco pueden hacer para detener el porvenir y el destino. (Bauman, 2007).


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LA MUERTE AMAESTRADA


Preguntémonos como morían los caballeros de la canción de gesta o de los primeros romances medievales. La principal característica es que ya estaban avisados. Estos hombres y mujeres sabían que iban a morir. Podía suceder que aconteciera una muerte inesperada, fruto de un accidente o una enfermedad repentina. Solo la muerte súbita provocaba espanto.


En Roncesvalles, Rolando “siente que la muerte se apodera de todo su ser. De la cabeza, le baja hasta el corazón”. “Siente que su tiempo ha concluido” Tristán “sintió que su vida se perdía, comprendió que iba a morir”.


La muerte en la edad media era como la vida, un acto social. La muerte era algo natural que dominaba la vida cotidiana. Era entonces una ceremonia pública y organizada. Organizada por el propio agonizante que la preside. La habitación del enfermo se convertía en un lugar público. La gente entraba libremente, incluso de la calle. Parientes, amigos y vecinos se hallaban presentes. Se traían a los niños; era normal que niños revoloteasen alrededor del difunto. No era un drama personal, la pérdida de un individuo. Era más bien una pérdida de la comunidad, la pérdida de un rol. En los rituales no había un exceso de gestos emotivos.


Hasta el siglo VI, los cementerios se situaban fueran de las ciudades para proteger a los vivos de los muertos. Los rituales cambiaron y se empezo a rendir culto a los mártires. Los puntos venerados por los mártires trajeron a su vez las sepulturas. Se llegó a borrar la separación entre el cementerio y la iglesia. El hecho de que los muertos hubiesen entrado en la iglesia no fue óbice para que se convirtieran en un lugar público. En 1231, el concilio de Ruan prohíbe que se baile en el cementerio o en la iglesia so pena de excomunión.


“La antigua actitud para quien la muerte es a la vez algo familiar, cercano y atenuado, indiferente, se opone sobremanera a la nuestra, temerosa de la muerte hasta el punto de que no nos atrevemos a pronunciar su nombre. Por eso, esta muerte familiar recibe aquí el título de muerte amaestrada. No quiero decir con ello que antes la muerte se hallara en estado salvaje, por haber dejado de serlo. Quiero decir, al contrario, que se ha vuelto salvaje” (Ariès, 1977).



LA MUERTE PROPIA


Poco a poco desaparece la idea de destino colectivo que caracterizaba el concepto de muerte, para pasar a un destino individual. Se apuesta por un cariz más dramático y personal.


El juicio final y los actos rituales que devienen de él caracterizan esta época. Se impuso esta idea mediante la representación de tribunales. Cada hombre merece una sentencia de acuerdo con el balance de su vida.


Encontramos tratados sobre el morir bien: “Ars moriendi”, escritos alrededor de 1415 y 1450, durante el periodo de la peste negra. Es una obra que sirve de guía para la muerte. El “Ars moriendi” consiste de seis capítulos: el primero explica que morir tiene un lado bueno, y sirve para no temer a la muerte; el segundo resume las cinco tentaciones que asaltan al moribundo y como evadirlas, falta de fe, impaciencia, orgullo y codicia; el tercero son siete preguntas que se le hacen al moribundo, junto con una consolación del poder de cristo; el cuarto expresa la necesidad de imitar la vida de Cristo; el quinto dirigido a familiares y amigos marcando las pautas en el lecho de muerte; el sexto, la oración adecuada para el moribundo.


La solemnidad del morir, cobrara, sobre todo entre las clases instruidas un cariz dramático, una carga emotiva que antes no tenía. Esta idea cambió por influencia de la Reforma católica, según la cual no importaba afanarse tanto en el virtuosismo durante la vida, ya que una buena muerte redimía las faltas. (Ariès, 1997).


Las tumbas, antes anónimas, ahora se individualizan. La losa de la tumba de la reina Matilde, la primera reina normanda de Inglaterra, ya luce una breve inscripción. Con la inscripción también aparece la efigie, sin que esta sea realmente un retrato. Se desarrolla el arte funerario hacia una mayor personalización, hasta comienzos del siglo XVII, entonces las tumbas ya admitían una doble representación del difunto, yaciendo y rezando.


El testamento se convierte en el instrumento esencial para una buena muerte. La finalidad incluía el reparto de la herencia, así como recogía opiniones y recomendaciones para los seres amados. El testamento legitimaba los bienes adquiridos durante la vida.



LA MUERTE LEJANA Y PROXIMA


A partir del siglo XVII, asistimos a un estallar del concepto de la muerte. Como señala Aries (1997), la muerte es una ruptura. El hombre exalta la muerte, la dramatiza, la erotiza. La muerte había llegado a ser un acontecimiento que no tenía mayores consecuencias. No era ni espantosa ni obsesiva; era familiar, amaestrada. De ahora en adelante la muerte  toma el poder. Junto con el sexo se convierte en tabú. Algo que permanece en la sombra y que es salvaje.


Los rituales de la muerte alrededor de la cama del yaciente, aparecen ahora cargados de emotividad, dramáticos, y hasta histéricos; inspirados por un dolor apasionado. Hay ahora una intolerancia hacia la pérdida. El duelo exagerado de esta época posee un significado: la expresión de dolor no es ahora por la muerte propia, sino por la muerte ajena.


El siglo XVIII, siglo de las luces, el nihilismo aparece como la nueva filosofía. La creencia en la sobrevida es sustituida por razones empíricas apoyadas en la ciencia, que no dejan lugar a ideas no comprobables. Frente al racionalismo de la época, surge el romanticismo, confiriendo prioridad a los sentimientos. Por una parte hay un miedo a la pérdida, ya que las creencias en el más allá se ponen en duda. Por la otra el romanticismo recupera el contacto con los sentimientos. Se abre la “brecha del amor” y también “la brecha de la muerte”.


Como ejemplos de la ambigüedad con la que se llega a percibir el cuerpo muerto, Ariès(1983) señala, por un lado, el que se le transformara en fuente de erotismo macabro, convirtiéndolo en objeto de deseo-necrofilia; mito de la erección del ahorcado- y, por otro, el que se convirtiera en un medio para desvelar los secretos de la vida y de la salud. Esta última función, que ayuda a matizar en cierta medida la sorpresa que provoca que este “asalvajamiento” de la muerte se produce precisamente en el momento de “la invención de la ciencia y de sus aplicaciones técnicas, de la fe en el progreso y su triunfo sobre la naturaleza” (Ariès, 1983), fue desarrollada por los médicos que reemplazaron a los hombres de la iglesia en el tratamiento del cadáver.


Parecería que la forma de duelo actual es propio de la religión cristiana o protestante. (Ariès, 1997). Lo cierto es que el carácter exaltado y emotivo del culto a los muertos es de origen positivista, y de inmediato los católicos lo secundaron y además lo asimilaron con tanta precisión que no tardaron en creerlo indígena.


En lo referente a los testamentos; las cláusulas pías, elección de sepultura, servicios religiosos y limosnas desaparecieron y el testamento quedó reducido a lo que es hoy, un acta legal de distribución de fortunas (Ariès, 1997).


La acumulación de cadáveres en las iglesias o en sus pequeños patios comienza a ser un problema. “Se echaba en cara a la Iglesia que hubiera hecho todo lo posible por el alma y nada por el cuerpo, y que cobrara el dinero de las misas sin preocuparse por las tumbas”(Ariès, 1997). Surgía el deseo de visitar el lugar exacto donde descansaba el difunto y su familia. De este modo la posesión de la sepultura se convirtió en una forma de propiedad que aún perdura en nuestros días. El culto del recuerdo se extendió de lo privado a lo público. Los cementerios eran lugar de paseo y de encuentro con los muertos. Se convierten en verdaderas ciudades con sus calles y sus símbolos. Son la casa de los muertos. También una expresión de arte. (Boixareu, 2007).



LA ACTITUD ACTUAL ANTE LA MUERTE (LA MUERTE PROHIBIDA)


La muerte, antes tan presente, ahora se ha convertido en algo vergonzante, es causa de interdicto. El morir deja de ser experiencias personales y sociales importantes que dotan de sentido a la vida conformando la identidad para pasar a ser meros sucesos personales, dramáticos y dolorosos para todos. (Jimenez, 2007). Absorben el tiempo y la energía de los demás, frenando el discurrir de la vida. Entramos en actitudes más propias de la ocultación y de los tabúes.


Entre 1930 y 1950, dice Ariès (1997) se produce un fenómeno material importante. Ya no se suele morir en casa, junto a los íntimos, se muere en el hospital y a solas. La muerte se convierte en un fenómeno técnico obtenido por interrupción de las asistencias, es decir por decisión de médicos y asistentes. Ahora ya no sabemos cuál es la muerte de verdad, la que deja al moribundo sin consciencia, o la que le deja sin aliento.


Actualmente la idea del dualismo moderna opone el hombre al cuerpo. Antiguamente la dualidad existía entre el cuerpo y el alma en  las concepciones más clásicas. El pensamiento y el cuerpo, en las más contemporáneas. El cuerpo hoy está disociado del hombre al que encarna. Hay una distancia ontológica que los separa.(Le Bretón, 2001). La unidad humana está fragmentada, la vida toma una apariencia de un poder mecánico. El cuerpo es entonces una colección de órganos.


La tecnología, la ciencia hacen fracasar provisoriamente a la muerte. Trasplantes, prótesis, productos farmacéuticos, llevan más allá los límites de la vida. La muerte es entendida hoy como un hecho inaceptable al que hay que combatir. La medicina deja de enseñarnos como morir, convierte a la muerte en una alteridad absoluta. (Le Bretón, 2001).


Al negar la medicina a la muerte, impide que la gente tenga una relación íntima con ella, porque convierte este proceso en un fracaso de su empresa. Las técnicas de reanimación, si bien salvan vidas privan a los enfermos de la agonía y los llevan a morir con la molestia extrema de los procedimientos. (Le Bretón, 2001).


El duelo contemporáneo es solitario y vergonzoso. Queda el derecho a llorar donde nadie pueda vernos ni oírnos, es el único recurso. Gorer lo compara a una especie de masturbación. Una vez evacuado el muerto ya nadie piensa en visitar su tumba. Ya pocos visitan los cementerios. La incineración ha contribuido a excluir el peregrinaje. (Ariès, 1997).


Podría entenderse en esta huida de la muerte, como una indiferencia hacia los muertos. Todo lo contrario; antiguamente las demostraciones del duelo permitían al poco tiempo casarse viudas y viudos. Hoy en día comprobamos que la mortalidad de los dolientes cónyuges es mucho más frecuente que la de muestra testigo de la misma edad. (Aries, 2001).


Geoffrey Gorer (1955), asegura que el rechazo de la pena, la prohibición de manifestarse públicamente y la obligación de sufrir a solas y escondido agravan el traumatismo originado por la pérdida de su ser querido. En una familia que respete el sentimiento, la muerte de un íntimo siempre afecta hondamente, como en tiempos del romanticismo. Pero ahora no tenemos derecho a decirlo en voz alta.



Más información:

Jordi Gil Baquero

Trabajador Social Clínico, Terapeuta y Constelador Familiar

http://jordi63.wordpress.com


 
 
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