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EL MENSAJE

Por José Luis Villar

 

 

  Hay un mensaje oculto, un mensaje sólo captado y apreciado por otra clase de sentido; un mensaje del que no tenemos constancia, ni se puede probar, pero que existe, está ahí y, en algunos momentos de la vida, se reconoce.

 

  Se lee en los contornos de un árbol o en la perfección de una pluma; se divisa entre la bruma del amanecer o entre los colores del atardecer. Se puede captar en el destello del agua al ser iluminada por el Sol, o en el reflejo de una hoja bañada por la luz blanca de la luna.

 

  Se puede intuir en la mirada de un animal, en el movimiento de las olas, en las arrugas de unas viejas y trabajadas manos, en la fortaleza de una montaña o en la fragilidad de una brizna de hierba. Se percibe en ciertos centelleos, en ciertas irradiaciones de la materia, en ciertos colores sobre la roca y, también, entre las líneas de algún libro…, o entre las notas de alguna melodía.

 

  Un mensaje que trasciende la lengua y los idiomas, que va más allá del conocimiento y que supera el límite del entendimiento. Un mensaje no abarcado dentro de los límites de nuestra comprensión, ni de nuestra mente, pero intuido en lo más profundo de nuestro corazón con la mayor de las certezas.

 

  Hay todo un universo de mensajes que no llegamos nunca a vislumbrar, ni en los que nos molestamos jamás en penetrar, pero que no dejan de hablarnos, de comunicarse con nosotros, porque sólo son perceptibles para otra clase de sentido, un sentido no estudiado, no explicado, un sentido del que nos despreocupamos hace ya tiempo. Es un mensaje que nos comunica que todo tiene un trasfondo, que hay algo más, que la luz vive y que hay una trama, una conspiración de la vida…

 

  Y de alguna manera se nos ofrece, nos inspira, nos habla, directo al corazón, directo al espíritu, con claridad. Hay quien lo reconoce, e incluso quien lo interpreta dirigiéndolo hacia los demás, o simplemente al aire, a través del arte, de la música o de sus palabras, o tan sólo a través de su presencia, de un modo consciente o inconsciente.

 

  Algunas palabras lo identifican, algunas notas lo cantan, algunas manos lo expresan, pero sólo es poseído por la Vida.

 

  En su lectura está la paz, entre sus líneas se encuentra la sabiduría..., porque siempre conlleva algo más.

 

  Se puede sentir y, cuando se siente, se puede uno regocijar en su halo de magia, en su extraña pero familiar sensación.

 

  No va dirigido a nuestra mente, ni esta lo puede descifrar. Sólo se dirige al conocedor que vive dentro de cada uno de nosotros. Lo recibimos como una imagen, como una señal, sólo en algunos momentos..., sólo por un instante..., para luego marcharse, dejando su dulce sabor que impregna nuestro ser…

 

 
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