Fondo Navidad
 
 
 
 
 
 

EL OLIVO Y EL ALJIBE

Por Paula Cabezas Polonio

 

 

  Érase una vez un lugar llamado Qurtuba, donde había una gran Mezquita rodeada de mil patios e incontables calles. La vida de la ciudad se desarrollaba en sus alrededores, aunque su esplendor y belleza eran conocidos en casi todos los lugares. Lo más importante de todo es que en aquella ciudad singular habitaban distintas razas, con costumbres y religiones diferentes. Había iglesias cristianas, sinagogas judías, y mezquitas musulmanas. El respeto, la tolerancia y la convivencia eran normales entre ellos.

 
  Este cuento nace en la Mezquita principal, pues había otras más pequeñas. Allá por el año 961 gobernaba en esta ciudad un califa llamado Al-Hakam II; era un gran gobernante y amante de la cultura y de las artes.
 
  Sus ejércitos siempre estaban batallando y conquistando tierras para el califato de Qurtuba.
 
  En una de ésas batallas al norte de África saquearon varias tribus del desierto. Entre los prisioneros se encontraba una bella muchacha llamada Zulema, hija de un jefe de la tribu de los tuareg, los llamados hijos del desierto.
 
  Zulema, por ser hija de un caíd, tenía unos ciertos privilegios entre las mujeres de su tribu, que no tenían las demás. Algo tan sencillo como poder salir a pasear con su padre por el oasis, sentarse debajo de las altas palmeras y oír de los labios del venerable anciano las más bellas historias de “genios” y mundos encantados. Cuando contemplaban el maravilloso cielo, en el ocaso del día, cuando éste comienza a juguetear con la noche, el buen caíd le contaba historias de duendes y genios que se aparecían a los pastores de camellos y a los que creían en ellos.
 
  Zulema era muy feliz, soñaba con ser mayor para poder ir sola a pasear por las dunas, para ver si encontraba aquel “genio” del que su padre tanto le hablaba.
 
  Pasaba grandes ratos mirando las estrellas palpitantes cuando empezaban a salir tímidamente del mar oscuro de la noche, cuando la luna pone reflejos de plata y danzan entre ellas formando nebulosas de colores, que resplandecían entre las dunas doradas; cuando el viento las movía con suaves ráfagas formando un espectáculo mágico de incomparable belleza.
 
  Los negros ojos de Zulema se clavaban en el infinito cielo, fantasías de princesas y genios empezaban a tomar vida en su mente y un mundo irreal surgía con tanta fuerza que ni ella misma podía dejar de soñarlo. Pero un día, todo este mundo fue interrumpido por los guerreros del ejército de Al-Halkam II.
 
  Zulema fue capturada con otras mujeres de la tribu, los hombres muertos y los que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos. Así de esta manera Zulema fue conducida a la ciudad de la Mezquita.
 
  Un sábado temprano ella y las otras mujeres fueron vendidas como esclavas a un emir llamado Almustafá para formar parte de su harén.
 
  Pronto la belleza de Zulema se hizo famosa; y sobre todo su cálida y sensual voz. Aprendió a bailar, a cantar, recitaba poemas bellísimos, danzaba con tanta maestría y elegancia que el eunuco la presentó al emir como principal bailarina del harén. Almustafá le tomo mucho cariño y la hizo una de sus favoritas, pero Zulema no podía olvidar su tierra, su desierto, sus gentes. Le pedía al emir que la dejara salir de aquellas murallas que la oprimían de tal manera que se entristecía hasta perder su bella y acariciadora voz. El emir no quería que nadie la viera, solamente podía tener contacto con el eunuco del harem llamado Hafiz. Zulema estaba muy triste, hasta que enfermó. Hafiz se hizo cargo de ella, como si fuera hija suya, la cuidó con tanto cariño como a un bebé, le daba pena verla tan triste, era como si la rosa más bonita de aquel jardín se fuera marchitando antes de haberse abierto para dar todo su perfume.
 
  Hafiz habló con el emir pidiéndole que permitiera a Zulema pasear bajo su custodia por las bellas calles y jardines que rodeaban la Mezquita, de no ser así nunca se recuperaría de su tristeza y jamás volvería a cantar ni a bailar como antes lo hacía.
 
  Almustafá se lo pensó y por fin dio su permiso al eunuco haciéndole responsable de cualquier incidente que le pudiera pasar a Zulema.
 
  Una mañana del mes de abril, Zulema y el eunuco salieron al exterior del palacio, recorrieron calles y plazas alrededor de la Mezquita. Calles llenas de gentes vestidas de distintas formas. Ella no podía imaginar que existiera tanta diversidad de personas diferentes, incluso con lenguas distintas, hablaban unas con otras. Lo mismo se oía la voz del muecín cantando el salat desde el minarete de la Mezquita, llamando a la oración a los musulmanes, que se oía el repicar de las campanas de las iglesias convocando a los cristianos para la celebración de las misas. La riqueza de las culturas se mezclaba y se unían todas en un mismo entendimiento.
 
  Pasaron por el zoco, donde en los puestos de los comerciantes se agolpaban ruidosos sonidos de pájaros, instrumentos musicales, gritos, voces. Multitud de tenderetes de colores vivos surgían de todos los rincones del bazar, era como si un enorme arco-iris de colores se hubiera posado sobre la tierra. Vendedores de perfumes, aceites e inciensos impregnaban las calles con los aromas del almizcle, canela, vainilla, jazmines. Se mezclaban con los olores de las especias de semillas y hierbas como el ajonjolí, pimientas, albahaca, poleos, orégano, menta, para condimentar los sabrosos guisos de carnes de aves y corderos.
 
  Adivinadoras hacían que los más curiosos quisieran saber su futuro, músicos ponían el ritmo a los poetas que recitaban los poemas más bellos para los enamorados, tenderetes de frutos secos adornados con guirnaldas de dátiles y hojas de palmeras, surgían como si estuvieran en el mismo desierto. Niños con bandejas de vasos de té pasaban de un lado al otro de la calle, todo era un ir y venir de formas. Zulema estaba encantada con aquel bullicio, no le daba tiempo a poder mirar todo, Hafiz le iba hablando y explicando todo lo que le preguntaba.
 
  Había entrado en un mundo que nunca pensó que pudiera existir. En su desierto, solamente había visto las caravanas de la ruta de la seda que pasaban hacia el lejano oriente.
 
  Sus paseos se iban haciendo más continuos y poco a poco la alegría llegó a ella, ahora tenía más ganas de reír, volvió a cantar y bailar.
 
  Un día Zulema admiraba unas bellas telas de seda y brocados en un puesto del bazar cuando sintió una mirada que se clavaba en su espalda como una daga acerada; algo que su corazón le dio un sobresalto. Giró la cabeza y vio a un joven mirándola, con tanta fuerza que no pudo resistir la mirada. El joven era Álvaro, hijo de un noble cristiano, que había ido esa mañana al encuentro de su amigo Kalí.
 
  Álvaro era moreno, de piel trigueña, con ojos azules como un trocito de cielo.
 
  Zulema y Álvaro se miraron varias veces a hurtadillas, sus corazones se enredaron como si hubiesen caído en las redes de un tortuoso destino, sin hablar se dijeron las palabras más bellas de amor que puedan existir, esas palabras que sólo salen del corazón de los que se aman. Los dos se reconocieron, sin haberse visto nunca, sus destinos quedaron unidos para siempre.
 
  Pasó el tiempo, Zulema y Álvaro se veían en el mismo lugar cada día, aunque al eunuco Hafiz no le gustaba aquello, porque presentía lo que pasaría, pero con tal de ver a su dulce Zulema alegre, aceptaba de mala gana y con mucha astucia aquellos encuentros.
 
  Había nacido una bella historia de amor. Lo que no sabían ellos era como iba a jugar el destino en sus vidas.
 
  Álvaro estaba muy ilusionado en pasar hoy a la gran Mezquita, entraría por primera vez, le habían hablado tanto de ella que soñaba con conocerla.
 
  Era viernes y día de oración, entró como todos los musulmanes al patio de las abluciones rituales, donde se lavó la cara, manos y pies, para entrar en el recinto sagrado. Álvaro dejó sus babuchas a la entrada de la puerta y pasó a su interior. Un grandioso bosque de columnas se levantaba ante él, columnas de mármoles de color blanco, negro, rosa, gris, sujetaban arcos en forma de herraduras de color rojo y ocre, hechos de sillería árabe. Techos revestidos de artesonados con tallas policromadas hacían ver la exquisitez de las maderas. Claraboyas de estrellas y lunas relucían desde lo más alto, donde la luz se fundía con el calor de las velas y vivas llamas que tenían las lámparas de aceites perfumados con esencias. Incensarios y pebeteros encendidos hacían que una pequeña neblina se formara en aquel lugar sagrado, haciéndolo, incluso, más misterioso y casi mágico
 
  Álvaro se quedó boquiabierto, no podía imaginar tanto esplendor, sentía un cosquilleo por toda su columna vertebral hasta que la cabeza le estallaba en pensamientos místicos y esotéricos.
 
  Cuando estuvo fuera de la Mezquita se encontró con Zulema, contándole la grandeza de aquel templo. Zulema siempre había deseado entrar, pero las mujeres lo tenían prohibido, sólo podían entrar en el recinto que ellas ocupaban a través de las celosías de madera.
 

  Así que Álvaro le contaba con todo detalle como era la gran mezquita. Ella se quedaba en uno de los patios esperando y jugando con las palomas que revoloteaban a su alrededor haciendo arrumacos unas con otras.

 

  A la caída de la tarde, Zulema estaba bailando en uno de los salones para el emir y los invitados de éste, cuando de pronto se quedó parada, ante ella estaba su amado. Álvaro no podía dar crédito a lo que veía allí. Había sido invitado con su padre y otros nobles a cenar, querían hablar de una venta de caballos árabes para llevárselos a tierras castellanas.

 
  Álvaro estaba sorprendido, su amada estaba allí, más exuberante y hermosa que nunca, ahora no iba vestida ni tapada como cuando él la conoció, Llevaba sedas trasparentes que insinuaban su esbelto cuerpo dejando traslucir sus encantadoras formas, las piernas cubiertas por una especie de pantalón de color rubí, abierto a los lados dejaban ver sus pies descalzos adornados en los tobillos con pulseras de campanillas que hacía sonar en cada movimiento armonioso que daba con sus caderas en cada uno de los pasos. Largos velos de tules cubrían su cabeza, hombros y rostro. Hacían aguas, imitando los colores de alas de mariposas. En una de las vueltas que daba en la danza, caían al suelo dejando ver su belleza, y una melena negra de cabellos rizados se dejaba caer hasta la estrecha cintura, el brillo de sus ojos iluminaba todo su rostro, brillaban como los diamantes a la luz de la luna llena.
 
  Despertaba los instintos y sentidos más ocultos de los hombres, era deseada por todos ellos, pero sólo podía tenerla el emir, su dueño, aunque su corazón nunca lo tendría, él pertenecía a su amado. El corazón de Álvaro no pudo resistir aquello y esperó a que todos se fueran y en la oscuridad de la noche, entró en el palacio, compró a los guardianes del harem los cuales lo llevaron a los aposentos donde dormían.
 
  El eunuco estaba echado en una cama cerca de las favoritas, dormía tranquilamente había bebido más de la cuenta y no se enteraba de nada, al igual que todas las concubinas. Álvaro fue recorriendo todas las camas hasta que encontró a Zulema; le tapó la boca para que no gritara y le dijo:
 
  - Vengo a por ti, desde este momento serás sólo mía, jamás nos separaremos.
 
  Zulema se abrazo a él y lo besó. De puntillas se fueron hacia el patio donde los estaba esperando un veloz caballo y se alejaron del palacio.
 
  Cuando el emir Almustafá se enteró de la desaparición de su favorita entró en cólera y mandó buscarla por todos los rincones de la ciudad. Puso una fuerte recompensa a quien los encontrara, tanto a ella como al noble castellano.
 
  Álvaro la llevó a una pequeña choza que había al lado del río. Cortó su melena, la vistió de hombre; con túnicas hasta los pies y turbantes en la cabeza no se distinguía cuál de los dos era Zulema.
 
  Así pudieron pasar a la Mezquita. Cuando Zulema entró se emocionó de tal manera que lágrimas como pequeñas perlas caían de sus oscuros ojos. Eran impresionantes la armonía, la belleza, la magnitud de aquel lugar; tanto le gustó que iba todos los días un buen rato a rezar y a pasear. Muchas veces se quedaba escondida entre las columnas para quedarse a solas. Percibía algo extraño, sentía que allí era observada por ojos invisibles que la conocían.
 
  Un día, Álvaro tuvo que salir con su padre fuera de la ciudad y quedó con Zulema en que se encontrarían a su regreso en la Mezquita a la caída de la noche. No se fiaba de dejarla sola en la choza, ya que eran buscados por todos los rincones.
 
  Los espías del emir estaban al acecho de los pasos del padre de Álvaro, sabían que tarde o temprano se pondría en contacto con su hijo y entonces lo cogerían. Así fue, Álvaro fue sorprendido a la salida de las puertas de la muralla.
 
  Lo hicieron prisionero y lo encerraron en una mazmorra, castigándolo con horribles torturas para que dijera donde estaba Zulema. Él nunca diría nada, prefería morir antes que entregar a su amada, probaron todos los métodos pero Álvaro no hablaba. Entonces el emir mandó llamar a un célebre mago por su maldad y poder para que lo castigara para siempre.
 
  El mago probó sus hechizos, pero no conseguía nada; Álvaro no hablaba.
 
  Una noche de grandes tormentas y constantes lluvias lo sacaron de la mazmorra, a medianoche se lo llevaron al patio de la Mezquita, pues allí quizás hablara al estar en un lugar sagrado para él, todo fue inútil. El mago muy enfadado sacó un pequeño frasco de cristal con un líquido de color verde, que llevaba dentro de un cofre. Pronunciando unas palabras, hizo que Álvaro se pusiera de rodillas mirando hacia la Mezquita y le dio a beber, diciéndole:
 
  - Jamás volverás a entrar, sólo de lejos la verás, porque en un retorcido olivo te convertirás.
 
  Un fuerte rayo iluminó a Álvaro desapareciendo; en su lugar un retorcido olivo brotó como por arte de aquella magia. Un olivo verde de tronco retorcido como lleno de dolor con dos ramas que parecían brazos clamando perdón al cielo o buscando dentro de la Mezquita a su amada.
  Pasó el tiempo, Zulema iba todos los días a la Mezquita, siempre esperando, pero su amado no llegaba. Muy triste se iba al patio y sin saber por qué se sentaba a los pies del olivo. Lloraba amargamente y el olivo dejaba caer algunas hojas encima de su cabeza, para sacarla de aquella tristeza; ella las notaba con suavidad y se abrazaba al tronco, sentía como la energía del árbol la tranquilizaba y relajaba. Entre los dos había una estrecha complicidad.
 
  Así día tras día, pasó el invierno y llegó la primavera; el olivo estaba lleno de pequeñas hojas que brillaban como el oro con los reflejos de la luz del sol. Zulema se acercaba y lo tocaba y hablaba con él. Le llamaba la atención que siempre estuviera sólo, nunca había nadie a su lado, solamente ella se acercaba a su fuerte tronco.
 
  Entró en la Mezquita como todos los días a esperar a su amado, desde hacía un año no había faltado nunca a la cita, pero nunca llegaba. Arrodillada al lado de una columna cerró los ojos y recordó al genio del desierto, aquel que su padre contaba que habitaba en las dunas y con un gran deseo de su corazón le pidió que volviera su amor. Un pequeño ruido la distrajo de su pensamiento, entre dos columnas de color blanco y negro, una especie de neblina se hacía forma y una silueta apareció de la nada. Un gran genio vestido con chaleco verde dorado, calzones rojos y babuchas doradas apareció delante de ella, por turbante llevaba estrellas que se movían dejando unas luces plateadas que iluminaban el recinto
 
  - Soy el “genio” del desierto, dime por qué estás tan triste. Te puedo ayudar siempre que tus deseos sean generosos y no hagas daño a nadie.
 
  Zulema se quedó sin pronunciar palabra, no podía creer que aquello fuera realidad. Su padre le había hablado tanto del “genio” del desierto que ella creía que sólo podía aparecer allí... pero no en la Mezquita. Después de asimilarlo le contó su triste historia, desde su rapto hasta la desaparición de su amado.
 
  El genio le dijo:
 
  - No importa el lugar, si tus deseos salen del corazón, tus sueños se pueden realizar. No hay mayor fuerza que la del amor.
 
  Le dijo que Álvaro se había convertido en el olivo, un maligno mago hizo el encantamiento y solamente puede deshacerlo quien lo hace, por lo tanto él no podía hacer nada por Álvaro, pero sí por ella.
 
  Zulema le pidió, le rogó, estar para siempre con su amado, que la vida sin él no tenía sentido si nunca lo iba a volver a ver, su amor era tan grande que sólo quería estar junto a él.
 
  El “genio” se lo pensó y le dijo que haría un encantamiento con ella, pero que antes la llevaría a ver su querido desierto. En un abrir y cerrar de ojos Zulema estaba encima de las dunas, los ojos llenos de lagrimas miraban el inmenso mar de arenas doradas, el pequeño oasis de palmeras que orgullosas se elevaban al limpio cielo azul formando una perfecta armonía con todo su entorno. Pasó por encima como si fuera viento, sintió el calor y el olor de las arenas, el aroma del viento le trajo recuerdos de sus gentes, de su pueblo y sin pensarlo se vio al lado del olivo
 
  Abrazada a él, lloraba, lloraba toda la noche besando y acariciando aquel retorcido tronco, tanto lloró que el “genio” apareció y le dijo
 
  - Bien Zulema, veo que tu deseo es sincero, por fin estarás junto a él para siempre. Tus lágrimas se trasformarán en trasparentes gotas de agua que formarán un aljibe. Os mantendréis unidos por muchos siglos.
 
  Zulema le dio las gracias al buen “genio” y un aljibe de agua limpia y sonriente manó por arte de la magia, al lado del olivo. Los dos están mirando a la Mezquita. Rodeados de naranjos que en la primavera empiezan a florecer, con los azahares embriagando con su aroma todo el patio. Es el lugar de los amantes que en las noches de luna se regalan su amor junto a la Mezquita.
 
  El olivo inclinó una de sus ramas hacia el aljibe y otra hacia la Mezquita, una donde está su amada y la otra donde está el “genio” que la encantó.
 
  Si alguna vez vais a está ciudad mágica encontrareis en el “Patio de los Naranjos” a los dos amantes que han permanecido unidos a través de los siglos. Donde el agua que simboliza los sentimientos, está al lado del árbol que simboliza la vida. Vigilados por el “genio” de la Mezquita.
 
 
  Más información: paulacapo@hotmail.com
 
 
Comment Form is loading comments...

 


 
Recomendaciones