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CREER

Por José Luis Villar

 

 
  ¿Creer en algo? No necesito creer en nada, mi mente necesita creer en algo, mi corazón sólo quiere reconocer la verdad.
 
  Estar abierto a todo, a cualquier creencia, a cualquier pensamiento, a cualquier religión, sin limitaciones, conectando con lo que nos rodea, sintiéndolo pero sin quedarse con nada. Todo es bueno, todo puede ser bueno, el hombre no sabe aún lo que necesita.
 
  Cada persona, cada acto, cada intención lleva impresa una verdad íntima, descubrámosla en el momento y, luego, dejémosla partir.
 
  Se puede seguir caminando, seguir buscando… Se puede salir de los pensamientos, escapar de los conocimientos, dar un paso y salir del círculo imaginario de la mente en el que nos creemos encerrados.
 
  Desconocer para llegar a conocer, renunciar para llegar a entender; sólo lo que hay, aquí y ahora, el resto no existe.
 
  La verdadera espiritualidad no tiene mucho que ver con la creencia que cada uno tiene, sino que es más bien un estado, una actitud interna, de atención, de aprendizaje; una actitud de crecimiento, consistente en estudiar cada hecho, cada acto, cada circunstancia de nuestra vida, cada dificultad que nos surge y cada reacción de nuestra mente.
 
  Y descifrar el código, desenmarañar la red que está ante nuestros ojos para encontrar su significado, visionar la verdad que ese hecho oculta y conocer toda la enseñanza que conlleva. Y, después, subir el peldaño, que se traduce en actuar arreglo a ello e incorporar esa enseñanza a nuestro registro interior, para poder utilizarla en el momento preciso.
 
  Esta es la única y verdadera espiritualidad que hoy comprendo, que no tiene mucho que ver con imágenes, fiestas o religiones; ni con la tradición de dioses, santos y profetas con la que nos han educado, ya que si no nos ayudan a ver este precepto, no nos sirven.
 
  Tan sólo consiste en una actitud de compromiso con nadie más que con uno mismo.
 
  Pero sí que siento que existe una fuerza, una energía que establece los valores, las leyes universales, una energía que presenta las pruebas y las dificultades que en cada momento vamos necesitando en el camino hacia nuestro progreso, cuyo único fin es la superación consciente o inconsciente de cada uno.
 
  Sí, existe una sabiduría superior casi tangible que envía a cada ser lo que ni él mismo sabe que necesita, y cuya dificultad puede rechazarse en un primer momento, pero que con el tiempo siempre es positiva, convirtiéndose en la experiencia.
 
  Y esta energía sabe tocar muy bien todos nuestros hilos, conoce nuestras debilidades, nuestras necesidades y, aunque se la llame en cada cultura de un modo diferente, no nos la enseña verdaderamente ninguna religión, porque sólo podemos descubrirla dentro de nosotros mismos.
 
  El saber no es una ciencia que se aprenda en una sinagoga, en una mezquita, en una iglesia o un templo, recitando un cántico o escuchando un sermón. El saber es el desarrollo de un trabajo, el viaje a través de un camino sinuoso, la integración de una estudiada experiencia; el saber es un licor amargo que debemos aceptar beber y conocer su contenido, que nos cura, que nos calma y que nos acerca a una felicidad más profunda y duradera.
 
 
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